Temor en la Selva

TEMOR EN LA SELVA
(Feb. 1998)

Nos habíamos bañado en el Río Ventuari, a la orilla del pueblo de Marueta, en la selva amazónica de Venezuela. Bañarse en un río en la selva siempre es una aventura por las muchas pirañas que hay. Me han dicho que el truco es no quedarse quieto sino siempre estarse moviendo. No sé, pero hasta la fecha sí ha funcionado. . .

Después fuimos a la choza a disfrutar la tarde ya que el calor de la selva había cesado un poco. Estabamos platicando con los misioneros que estabamos visitando cuando de repente llegaron algunos de los indígenas corriendo – todos emocionados, todos hablando a la vez. Algo los tenía muy preocupados.

“¿Qué pasa?” pregunté a una de las misioneras.

“Tenemos que quitar los shorts del tendedero,” me contestó.

“¿Por qué?” – pregunté yo.

“Por la pica pica.”

“¿Y qué es pica pica?”

“Los Macos dicen que cuando uno deja su ropa afuera, los espíritus vienen de noche y se le echan pica pica. Cuando uno vuelve a usar esa prenda, o se enferma o se muere.”

Todo esto se oye un poco ridículo, pero he aprendido que cuando los indígenas hablan de los espíritus, saben de lo que hablan. Ellos viven en un temor constante de los espíritus.

En el mismo pueblo vive la ancianita Cwa’no. Cuando ella fue jovencita, un hombre de otra tribu le propuso matrimonio – cosa no muy común entre tribus distintas. Pero ella se negó. El fue con su chamán para que le pusiera una maldición. Resultó que ella ahora, cuando se pone de pie, está tan doblada que su rostro está apenas unos 40 centímetros arriba del suelo.

Sí, cuando los indígenas hablan de los espíritus, saben de lo que hablan.

 Dondequiera que vaya uno en la selva, encuentra gente que vive en temor – en temor de los espíritus, en temor de la venganza, en temor de la muerte.

Los Yuanas, por ejemplo, nunca brincan sobre un solo pie. Ellos saben que si uno brinca sobre un solo pie los espíritus vendrán en la noche a sacarle un ojo. Si les preguntas por qué creen tal cosa, te dirán, “Porque muchas veces lo hemos visto.”

 Los Nakwis de Papua Nueva Guinea “saben” que cuando muere uno, su espíritu sale de noche para tomar a otra persona. Entonces las mamás amarran a sus hijos en sus hamacas por la noche.

 Los Maquiratares hacen tejido de palos en las ventanas de sus chozas para que los espíritus no puedan entrar por ellas. Cuando una víbora muerde a un Maquiratare él tiene que matar la víbora y enterrar la cabeza en el mismo lugar, o si no, si la persona muere de la mordedura, su cuerpo se volverá en muchas víboras.

 Los Yanomamös “saben” que cuando nacen gemelos uno de ellos es un ser humano y el otro es un espíritu – haciéndose pasar por humano. De ninguna manera los Yanomamös quieren permitir a un espíritu vivir entre ellos. Entonces, al nacer los gemelitos alguien llama al chamán. El mira a las criaturas y apunta con el dedo de la muerte al que es espíritu. Entonces la abuelita, o el padre, o quizá la misma madre, tomará al niñito recién nacido – quizá tendrá 2 horas ó solamente 20 minutos de edad – lo llevará afuera de la casa, adentro de la selva, y con un mover ligero golpeará el cráneo contra el tronco de algún árbol. Muere el que estaba fingiendo ser humano. La gente ya no tendrá que vivir en temor de ese espíritu.

Los Yanomamös también “saben” que es necesario quemar todas las pertenencias de un difunto, o si no, aquella persona nunca podrá descansar bien en la muerte. Por lo mismo, muchos Yanomamös no permiten que uno les tome fotografías porque creen que aquellas fotos harán que ellos mismos no descansen bien al morir. Cuando mi esposa y yo estabamos en Parima en la Amazona, una mujer Yanomamö se dio cuenta cuando mi esposa le tomó una foto. Entonces para cobrar la ofensa aquella mujer llegó con mi esposa y le dio un golpe fuerte en la frente.

Sucedió una vez que un joven Yanomamö falleció y llevaron el cuerpo afuera de la aldea y construyeron una repisa de troncos. Amarraron el cuerpo sobre la repisa para dejar que se pudriera. Pero resultó que el joven no estaba muerto y cuando despertó y se dio cuenta que estaba amarrado de muerto empezó a gritar y a clamar socorro. Pero ningún Yanomamö se atrevió a ir a rescatarle porque temían que no era él – sino un espíritu que se le parecía. Y allí quedó el muchacho expuesto al calor, a los insectos, a la sed, y a las bestias de la selva, todo por el temor.

Hay Alguien a quien las gentes y tribus y pueblos tienen que temer. Pero ellos no saben.

Hay Alguien a quien se tienen que doblar, pero no por maldición de pretendientes sino por bendición de algún mensajero llegando a su rincón del mundo con las buenas nuevas de salvación.

Los Macos, los Yuanas, los Nakwis, los Maquiratares, y los Yanomamös tienen que temer no “a los que matan el cuerpo mas el alma no pueden matar” sino a “Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” Ellos – y muchas otras tribus no alcanzadas – tienen que temer a aquel Dios que es “fuego consumidor.” Pero si no saben, ¿como lo harán? Seguirán viviendo (y muriendo) en temor de los espíritus.

 Yo también tengo miedo. Tengo miedo de que la iglesia ha sido complaciente aquí mientras miles y miles de almas allá entran a una eternidad sin Cristo.

Tengo miedo de que nosotros nos preocupamos de que si los de la iglesia de la esquina están creyendo en la risa o no y en cual nombre se bautizan los de aquella otra congregación. Y mientras tanto – sin risa y sin bautismo, sin palabra de Dios y sin oportunidad de salvación – la gente de las tribus sigue naciendo, temiendo, muriendo, y perdiéndose.

Yo sí tengo miedo, pues nuestro Dios nos ha puesto como atalayas (Ezequiel 33.6) para anunciar a los que se pierden que viene la muerte, pero que aun hay oportunidad de vida. Pero aquel atalaya que no toca la trompeta para advertir que el enemigo está llegando – aquel cristiano que no anuncia al mundo perdido que la muerte viene pero todavía hay oportunidad de vida – aquel atalaya vivirá y morirá con la sangre de aquellos sobre su cabeza (Hechos 18.6).

Tengo miedo que vamos a tener que rendir cuentas, y no vamos a tener qué contestar.

Yo sí tengo miedo.

Marcos Schultz